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El fin no está escrito
Que no te seduzcan los Paul Erlich de hoy

«No hubo época alguna que no se haya creído “moderna” en un sentido excéntrico, y que no creyera estar plantada, de manera inmediata, ante el abismo».
Walter Benjamin, 1935.
La interpretación del presente como un punto de inflexión histórico que conduce hacia el fin de los tiempos ha seducido recurrentemente a los seres humanos. Como bien explicaba Walter Benjamin, esto es un reflejo de nuestro excentricismo; así nos otorgamos una inmensa relevancia histórica, a la altura de Dios (o lo que uno llame al cread@r de lo nuestro), pues tan importante es el fin como el inicio de todo cuento.
Esta conceptualización del presente florece, evidentemente, en épocas donde el cambio estructural y la incertidumbre se aprecian incluso desde el punto de vista analítico. El cambio de era más reciente fue el giro neoliberal de los años 80, que se afianza con la caída del muro de Berlín. Como no podría ser de otra forma, buena parte de los mortales de la época fueron seducidos por tópicos finalistas.
Algunos intelectuales con cercanía a los movimientos ecologistas dieron forma al imaginario finalista argumentando que las tendencias de población y desarrollo económico conducirían al colapso de la civilización; véase The Population Bomb de Paul Erlich o The Limits to Growth de Donella Meadows. Otros pensadores influyentes, más bien simpatizantes del nuevo orden mundial, estructuraron sus pronósticos de manera que el presente también se posicionase como el fin de la historia; véase Francis Fukuyama con su aclamada obra El fin de la historia y el último hombre, donde afirma que estaríamos presenciando “el punto final de la evolución ideológica de la humanidad y la universalización de la democracia liberal occidental como la forma final de gobierno humano”.
Sin embargo, la realidad histórica de las últimas décadas no podría estar más lejos de las predicciones finalistas previamente mencionadas. Por un lado, las tesis de Paul Erlich y Donella Meadows, evidentemente, no se han materializado: la población mundial llegará a su pico a mediados de este siglo y el desarrollo económico ha continuado ininterrumpido mientras las emisiones en Occidente llevan un par de décadas en descenso y las emisiones de Asia se prevé que bajen en los próximos años, dada la planificada descarbonización de China. Como resultado, los científicos que sientan las bases empíricas de los escenarios climáticos de las Naciones Unidas acaban de descartar el escenario realmente apocalíptico de sus proyecciones.


Por otro lado, el orden mundial basado en la democracia liberal occidental, que Fukuyama consideraba la última forma de gobierno, está en retroceso, además por la voluntad de su propio núcleo, la Casa Blanca. El retroceso de Estados Unidos en materia democrática no es sólo cuestión de retórica: recientemente el Tribunal Supremo debilitó el Voting Rights Act, una ley por la que luchó Martin Luther King, que protegía parcialmente a las minorías raciales de mapas electorales diseñados para dejar a estas sin representación en los estados del sur.


Asimismo, la democracia como forma de gobierno en el resto del mundo ha sufrido un retroceso en las últimas décadas, tal y como se ve reflejado en el Índice de Democracia del The Economist.

Los imaginarios finalistas no son indeseables sólo porque no sean ciertos, sino también porque tienen efectos nefastos en materia de acción política. El ecologismo colapsista a efectos prácticos sólo ha servido para inspirar a unos pocos a montar eco-aldeas rurales, mientras el cambio se jugaba en la política institucional y su capacidad para desplegar instrumentos como el mercado de carbono europeo y apoyar la innovación en tecnologías neutras en carbono. Por su lado, el finalismo liberal de Fukuyama contribuyó a una narrativa predominante en el establishment de Washington y Bruselas, que subestimó la capacidad electoral de figuras autoritarias como Trump, la sostenibilidad del régimen autoritario chino y la materialización de las ambiciones imperialistas de Putin.
Y a pesar de cobrar conciencia de los peligros de caer en tópicos finalistas, nunca ha sido tan fácil ser seducido una vez más por ellos. De nuevo, nos asomamos ante un abismo como mínimo en apariencia: el autoritarismo está ganando terreno en el plano doméstico y la diplomacia se abandona en favor de la ley del más fuerte en el plano internacional. No obstante, conviene no dejarse arrastrar por los imaginarios finalistas, porque el futuro premiará a aquellos que no lo den por escrito.